Álvaro tenía 51 años, un hijo y una mujer de la que presumía mucho socialmente, pero a la que respetaba poco.
A los 3 años escasos de casarse ya tuvo su primera “aventura”. Físicamente resultaba atractivo y era un auténtico narcisista; constantemente buscaba el éxito fácil y la adulación del público, especialmente el femenino.
A nivel profesional, estaba bastante estancado. Aunque era un hombre listo, hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que hay que esforzarse mucho para progresar, dedicar demasiado tiempo y energías, y había decidido que a él no le compensaba. Trabajaba lo justo para no quedar señalado negativamente.
Aparentemente, tenía muchos amigos, pero la realidad era que, una vez que le operaron, pocos se preocuparon por su evolución.
La relación con su hijo era escasa desde que surgieron los primeros conflictos con la llegada de la adolescencia. Cuando Gonzalo era pequeño, sí que le gustaba jugar con él. En realidad, eran como dos niños, como dos colegas al mismo nivel.
Pero cuando, a los 13 años, empezó con esa etapa típica de rebeldía, en la que cuestionaba todo lo que sus padres hacían o decían, Álvaro se sintió muy perdido y hasta decepcionado y, poco a poco, se fue alejando.
Con estos antecedentes, quizás resulte extraño que Álvaro acudiera a un psicólogo. Efectivamente, no creía demasiado en la labor que podríamos realizar con él, pero se sintió forzado a venir por las circunstancias que estaba viviendo.
Los acontecimientos se habían sucedido en las dos últimas semanas de forma vertiginosa.
Lourdes, la mujer de Álvaro, veía que este inventaba cualquier excusa para llegar tarde a casa. Habitualmente, no hubiese reparado demasiado en este hecho, pues ella trabajaba más horas que su marido.
Pero coincidió que a su madre le habían detectado una grave enfermedad, y había cogido unos días para poder estar con ella en las primeras fases del tratamiento, que incluía una intervención quirúrgica muy delicada.
En esos días, comprobó con extrañeza cómo Álvaro decía que tenía una racha de mucho trabajo y no le quedaba tiempo para ir a ver a su suegra al hospital.
Sin embargo, cuando llegaba a las tantas de la noche a casa, su aspecto recordaba más a un dandi que venía de un acto social, que a una persona agotada por el exceso de trabajo.
Una noche que llegó muy tarde y demasiado “contento”, se desencadenó la tormenta.
El hijo de ambos, que acababa de cumplir 18 años, estaba muy molesto con la actitud de su padre. Era consciente de que su abuela, a la que estaba muy unido, se encontraba grave y que su madre estaba agotada y muy preocupada.
No comprendía cómo su padre no mostraba el mínimo interés por su abuela y, lejos de apoyar a su madre, llevaba una temporada como si estos acontecimientos no tuvieran nada que ver con él. Estaba permanentemente ausente, con un comportamiento muy extraño, sólo pendiente de su móvil y de su aspecto físico.
Esa noche, la situación estalló. Álvaro llegaba eufórico, con una risa descontrolada y, como era habitual en él las últimas semanas, sólo pendiente de los mensajes que constantemente recibía en su móvil.
Su hijo, al ver la escena, le increpó y le preguntó cómo era capaz de estar pendiente sólo de los mensajitos del móvil y no preocuparse nada por lo que estaba sucediendo.
Le reprochó que no hubiera sido capaz de ir ni una vez a visitar a su abuela, y que se mostrase tan ajeno al dolor que él y su madre tenían.
Pero esa noche, su padre, que tenía una risa “floja”, empezó a hacerse el ofendido y le dijo que no le toleraba que le hablase así.
Agitó tanto las manos que se le cayó el móvil. En ese instante, sí que pareció muy preocupado y su cara cambió de color.
Su hijo se percató del detalle, fue más rápido que él y cogió su móvil, justo en un momento en que entraba un mensaje en unos términos demasiado íntimos y comprometedores.
Se quedó bloqueado al leer el texto. Acto seguido, chillando, le preguntó a su padre qué tenía que decir (mostrándole la pantalla del móvil), qué excusa se iba a inventar esta vez, qué relación tenía con «esa zorra» que le enviaba esos mensajes.
Su madre, que hasta ese instante se había mantenido sin intervenir, les pidió a los dos que no discutiesen.
Le rogó a su hijo que les dejase solos y le preguntó directamente a su marido qué pasaba.
Este, como era costumbre, echó balones fuera y dijo que lo único que ocurría era que tenían un hijo insoportable, que no tenía el mínimo respeto por su padre y que ella haría bien en afearle su conducta.
Pero Lourdes no estaba esa noche para discursos sobre la educación de su hijo y, alzando la voz (algo poco habitual en ella), le preguntó qué tenía que decir ante los mensajes que su hijo había leído en voz alta.
A pesar de las evidencias, Álvaro empezó a balbucear diciendo que lo podía explicar todo.
Lourdes le miró con desolación y, con una voz rota por el cansancio, le dijo que qué tenía que explicar.
«Siempre te he respetado. Aunque a veces te comportabas de forma infantil, pensaba que estabas pasando por la crisis de los 50, y he tenido una paciencia infinita contigo. Pero lo de las últimas semanas ya no tiene justificación.
Sabes lo importante que es para mí mi madre. Sabes que le han detectado una grave enfermedad, que la acaban de operar y, lejos de estar a mi lado, apoyándome en estos difíciles momentos, llegas bebido a casa, con signos evidentes de habértelo pasado muy bien y no precisamente en el trabajo.
Y, para colmo, tienes la desfachatez de enviarte mensajes con alguna joven conquista que probablemente ni sabe que estás casado.»
Álvaro, lejos de admitir la situación, se hizo el digno y el ofendido.
Intentó justificar lo injustificable. Pero esta vez fue diferente.
Lourdes estaba demasiado quemada, demasiado cansada, demasiado dolida y humillada como para escuchar pacientemente sus mentiras.
De repente, se levantó y le dijo que se marchase inmediatamente de casa.
Esa noche Álvaro comprendió que la batalla estaba perdida.
Al día siguiente, por primera vez, se acercó al hospital para ver a su suegra y buscar la ocasión de ablandar a Lourdes.
La visita apenas duró 10 minutos, pero, cuando ya se despedía, aprovechando que estaba otro familiar en la habitación, Álvaro insistió en que a Lourdes le convenía dar un paseo para despejarse un poco.
La escena siguiente fue patética. Álvaro le dijo que tanto ella como su hijo se equivocaban y habían malinterpretado los mensajes.
Con un cinismo digno de mejor causa, intentó argumentar que todo era un montaje, que estaba haciendo un favor a una amiga que intentaba dar celos a su pareja mandando mensajes comprometidos a Álvaro, que era como un juego al que él había accedido sólo para ayudar a su amiga.
Lourdes le dijo que no siguiera inventando más, que se sentía muy débil, muy agotada, que no podía pensar con claridad y que necesitaba unos días para decidir cómo actuar.
Le explicó que, al margen de su posible infidelidad, se había sentido muy sola, muy decepcionada por su reacción y su comportamiento durante las últimas semanas.
Como era típico en él, Álvaro en ese momento prometió el cielo y la tierra.
Suplicó que le dejase quedarse en casa, insistió en que él la cuidaría, volvería corriendo en cuanto terminase cada día el trabajo y le demostraría cómo la quería.
Al cabo de una semana, Lourdes le dijo que no le creía.
Le parecía todo muy ficticio y pensaba que los dos necesitaban ayuda psicológica; ella, para recuperarse del impacto y del dolor que sentía, y él, para que empezara a madurar, asumiera su edad y las circunstancias de su vida.
Si aceptaba venir a terapia, tenía que saber que, a partir de ese momento, tendría que comprometerse a vivir de verdad como una familia, no como un soltero con todas las libertades del mundo y sin ninguna responsabilidad.
Álvaro accedió, pensando que con esto la situación estaba salvada.
Resulta curioso comprobar cómo algunas personas están tan acostumbradas a mentir que creen que pueden engañar incluso a psicólogos expertos.
Nuestro protagonista hizo una auténtica puesta en escena el primer día que vino a consulta.
En estos casos, intentamos verles al principio por separado. Todo en él era sobreactuación y simulación. Pero sus palabras grandilocuentes, la elevación del tono de voz, el aumento de los periodos de latencia, la excesiva duración de las pausas, el empleo constante de frases negativas… nos indicaban que estábamos ante un mentiroso compulsivo.
Le comenté que no tenía sentido venir a terapia si no estaba dispuesto a implicarse y abrirse de verdad.
Respondió que estaba encantado de venir. Entonces, le dije que dejara de fingir, que como psicóloga rápidamente detectaba cuando una conducta no era espontánea.
Curiosamente, Álvaro se sintió muy sorprendido cuando le expliqué todos los detalles que había observado en su comportamiento y que me demostraban que estaba mintiendo.
Se quedó tan impactado que apenas volvió a hablar el resto de la sesión.
De repente, contestaba con monosílabos, y cuando intentaba hilvanar una frase, rápidamente se cortaba, me miraba y se paraba.
Al final, llegamos a un acuerdo: tendríamos una segunda sesión, pero sólo continuaríamos si realmente se implicaba, si quería profundizar de verdad en su situación actual, en lo que él sentía, en la persona que era, en lo que quería ser y sus motivaciones más profundas.
A lo largo de esa semana, entre la primera y la segunda sesión, le pedí que realizara una serie de registros y anotaciones.
Le pedí que escribiera cada vez que fuese consciente de que estaba mintiendo o simulando, pero también que escribiera cuando se sintiera mal, anotando literalmente cuáles eran los pensamientos que en ese momento tenía en su cabeza.
Transcurridos siete días, Álvaro volvió a la consulta.
Los dos primeros días había hecho algo parecido a un diario, pero a partir del tercero no había vuelto a escribir.
Comentó que le resultaba muy duro desnudarse de esa forma y que no estaba seguro de querer cambiar.
Sin embargo, admitió que, como sabía que tenía que ser sincero, sí que había decidido que le gustaría aprender algunos “trucos” psicológicos que le pudieran ayudar en su relación con los demás.
Lógicamente, los psicólogos no estamos para enseñar “trucos” que puedan ser utilizados para “manipular”. Así se lo manifesté a Álvaro, dejándole muy claro que nunca lo haría.
Observé un pequeño avance y le dije que, al menos, valoraba que hubiera sido capaz de decir una verdad: que quería aprender trucos que le permitiesen tener VENTAJA en sus relaciones.
Aunque negó una y otra vez que ese fuese el auténtico objetivo, acordamos que si venía la semana siguiente, sería porque estaba dispuesto a mirarse de verdad por dentro y asumir las consecuencias de sus comportamientos.
Estuvimos dos meses trabajando en su autoconocimiento, en la asunción de sus responsabilidades y en la superación de sus hábitos compulsivos de mentir.
Profundizamos en cómo hay variables de personalidad que han mostrado una relación muy alta con la tendencia a mentir.
Él era bastante narcisista y también muy inmaduro, con un estilo de apego “evitador”.
Le comenté cómo los estudios de Cole, un célebre investigador, ya demostraron en 2001 cómo personas como él tienden a mentir más a sus parejas. Utilizan la mentira como herramienta para mantener a los demás alejados, para evitar el compromiso y preservar su privacidad e intimidad.
Álvaro comprendió que era muy egoísta, a diferencia de Lourdes, quien había reaccionado dándole una nueva oportunidad.
Ella intentó abordar el tema con él y no cortó la relación hasta ver cuál era su evolución.
Lourdes tenía muchos motivos para terminar con Álvaro, pero no quiso tomar una determinación en medio del dolor. Prefirió trabajar su afectividad, recuperar su confianza y subir su autoestima para poder ser objetiva.
Lourdes sabía que tenía que tomar una decisión.
En el fondo, era consciente de que siempre había protegido a Álvaro y que hacía ya muchos años que esperaba poco de él.
Quizás, de forma errónea, se había resignado a tener una relación sin ruido, sin grandes emociones, pero también sin discusiones.
Hoy, cuando a su madre le quedaban pocos meses de vida, se había dado cuenta de que somos muy vulnerables a la enfermedad, de que eso hace que nos replanteemos la vida.
Se dio cuenta de que la salud, tanto la suya como la de las personas queridas, no se podía comprar.
Por fin había decidido que no le compensaba vivir engañada, en medio de la mentira.
Finalmente, un día Lourdes le comunicó a Álvaro que valoraba sus esfuerzos.
Le dijo que se daba cuenta de que, por primera vez, estaba intentando cambiar, pero que ya era tarde.
«Me encuentro agotada, llena de dolor y, con educar a un hijo, ya tengo bastante. Me equivoqué,» le dijo a su marido.
«Pensé que podía asumir tu inmadurez, pero ahora sé que ya no tengo ni fuerzas, ni energías, ni ganas para convivir con alguien que sólo piensa en él.»
«Álvaro, tengo que aprender a cuidarme y a quererme; algo que, por cierto, tú sabes hacer muy bien.»
Álvaro fue consciente de que todo había terminado y, aunque había “aparcado” su relación con una chica 20 años más joven, tampoco estaba entusiasmado ante la perspectiva de enfrentarse a una Lourdes distinta.
Esa nueva Lourdes era una mujer mucho más exigente, que ya no iba a tolerar sus mentiras, sus incongruencias y sus egoísmos.
Reconoció que, en el fondo, él era feliz sintiéndose libre, sin ataduras, cultivando relaciones superficiales y mintiendo siempre que le viniese bien.
En la última consulta, Álvaro confesó que estaba demasiado habituado a mentir, que muchas veces lo hacía sin necesidad y que, siendo sincero, no podía comprometerse a una relación sin infidelidades.
«¡No he nacido para ser fiel!» –sentenció.
Las diferencias entre Paloma y Álvaro son enormes.
Ambos fueron infieles, pero mientras que Álvaro se justificaba, no se sentía culpable e intentaba seguir amparándose en las mentiras; Paloma afrontó su verdad.
Ella asumió que debía ganarse su propio perdón y, para ello, la mejor forma de hacerlo era proponiéndose ser cada día más feliz y transmitiendo esa felicidad a su marido y sus hijas.
Cuando hablemos de infidelidad, ¡no lo hagamos en términos genéricos!
Hay muchos perfiles de personas infieles, muchas circunstancias, y muchos atenuantes o agravantes.
Los psicólogos sabemos que, hoy en día, las posibilidades de ser infieles se multiplican y, no nos engañemos, en muchas, muchísimas ocasiones, esas infidelidades no se descubren.
No todas las infidelidades tienen la misma base de mentira.
En muchos casos, la infidelidad se vive como un derecho. En otros, como una señal de alarma que nos hace reaccionar y plantearnos cuál es la verdad de nuestra vida y cuál es la verdad de nuestra relación.
Cuando una persona piensa que tiene derecho a ser infiel, la mentira será una constante en su vida.
La mentira y la posible justificación de sus actos irán casi siempre unidas de la mano.
Si piensan que tienen derecho a ser infieles, salvo algunas excepciones, lo habitual es que no se sientan mal por ello.
Por el contrario, y no es un tópico, a veces la infidelidad nos puede sorprender con las defensas bajas.
En esos casos, cuando las personas son básicamente fieles, inmediatamente se sienten mal, preocupadas y arrepentidas por su infidelidad.
Aquí, sus reacciones son muy diferentes. No tratan de autoengañarse, pueden ser muy duras consigo mismas y, una vez superado el estado de shock que les ha dejado su infidelidad, tienden a encauzar todas sus energías y su determinación para no volver a ser infieles.
Lo más frecuente es que lo consigan.
En el fondo, son personas de “verdad”, que odian la mentira, aunque puedan optar por callar o silenciar la realidad.
En Álvaro veíamos casi todos los rasgos que suelen acompañar a las personas infieles y que hacen más fácil que descubramos sus mentiras:
Sobreactuación (son grandes actores).
Simulación (no tienen límites para simular o tratar de generar determinados sentimientos o emociones en los demás).
Palabras grandilocuentes (para enfatizar el mensaje).
Elevación del tono de voz (para compensar sus mentiras).
Aumento de los periodos de latencia.
Excesiva duración de las pausas.
Empleo constante de frases negativas, que nos indican que mienten.
Por el contrario, Paloma era auténtica en la expresión de sus emociones y sus sentimientos.
Sus pesares y sus remordimientos eran constantes y su necesidad de dejar las cosas claras también lo era.
Por ello, quiso hablar con Alberto. Por ello, quería hablar con Juan. Por ello, le costó tanto silenciar un hecho del que se sentía tan culpable.
Nuestra experiencia nos demuestra que, en casos como el de Paloma, es difícil e improbable que vuelvan a darse situaciones de infidelidad.
Por el contrario, después de ese suceso, lo más habitual es que la vida de la pareja mejore.
Justo lo contrario de lo que suele acontecer en relaciones como la de Álvaro y Lourdes.
Este tipo de relaciones terminan dándose cuenta de que no hay una base suficiente de cariño y de amor para continuar, y deciden poner fin a lo que hacía tiempo ya debería haber terminado.
Una vez que hemos visto la mentira en una de las esferas más dolorosas de nuestra vida: la afectividad, podemos reflexionar más profundamente.
Vamos a tratar de adentrarnos ahora en una temática apasionante:
¿Por qué hay personas que mienten más que otras?