Julia estaba en plena menopausia cuando vino a vernos. Tenía entonces 53 años y, como ella misma decía: “ni yo soy capaz de aguantarme”. Había sido siempre una persona bastante alegre y muy activa; los que estaban alrededor terminaban agotados, pues no paraba un solo instante.
Julia tenía dos hijos mayores; uno de ellos aún estaba en casa, y, aunque era su “ojito derecho”, desde hacía unos meses estaba deseando que se independizase y se fuera, pues se sentía físicamente agotada.
Su marido estaba muy harto. Según él, su mujer no era la misma desde hacía un año y pico, y nos pedía que la “arreglásemos de una vez por todas” porque él ya no sabía cuánto sería capaz de aguantar, si ella continuaba así”.
En realidad, estaban todos bastante confusos. El cambio había sido espectacular. Julia había pasado de ser una persona hiperactiva, a no querer salir a la calle ni para comprar lo más básico.
Tradicionalmente, ella había mostrado un estado de permanente excitación: sus movimientos eran rápidos, expansivos, rítmicos, espontáneos, categóricos… Por el contrario, desde hacía casi año y medio, sus ademanes y sus gestos escenificaban la situación de depresión que estaba padeciendo. Casi sin darse cuenta, sus movimientos eran lentos, vacilantes, poco firmes… Todo en ella denotaba cansancio. Había que hacer un esfuerzo importante para mirarla y no dejarse llevar por esa falta de tono, por esa apatía y tristeza profunda que la envolvía.
Estos cambios, que obedecen normalmente a una crisis depresiva, son mucho más notables en personas como Julia, con un perfil de hiperactividad tan acusado.
Ella siempre había cansado a los demás por su energía sin límites; por sus movimientos rápidos y continuos. Por el contrario, ahora todo era lentitud; parecía que arrastraba sus pies y con ellos todo su cuerpo.
Es importante que sepamos distinguir si una persona puede tener un día triste, o si está arrastrando una crisis depresiva. La observación de sus ademanes y gestos nos será de gran ayuda. La persona que está triste puede tener algún movimiento de mayor excitación, coincidiendo con un pequeño cambio emocional; sin embargo, la persona que ha entrado en una crisis depresiva muestra unos ademanes y gestos que denotan inhibición extrema. Sus movimientos son de retirada, estereotipados, repetitivos; con signos característicos de ansiedad: apretar fuertemente las manos, tocarse o cogerse el pelo, abrir y cerrar los puños…
Julia estaba pasando un auténtico calvario, y su marido, sus hijos y el entorno familiar se encontraban muy despistados. En lugar de ayudarle a salir de su crisis, hacían lo contrario. Constantemente se enganchaban en discusiones interminables; le echaban en cara su actitud apática, su aparente desidia…
Cada vez la distancia entre ella y su familia se había ido agrandando más. No eran conscientes de que siempre había sido una persona hiperactiva, y que ahora estaba pasando por una crisis depresiva que la estaba hundiendo. En su caso, el cambio era brutal: de no parar en todo el día a no querer levantarse de la cama.
Cuando vino a vernos, solo tuvo fuerzas para pedirnos: “Por favor, dígales que me dejen en paz. ¡Qué más quisiera yo que estar bien!; lo único que deseo es estar en la cama, con los ojos cerrados y la luz apagada”.
En este caso, tuvimos que trabajar, primero, con la familia de Julia. Su marido y sus hijos, después de las primeras resistencias, por fin aprendieron a comunicarse de una forma distinta con ella. En lugar de pasarse el día recriminándola, se esforzaban por mostrarse cercanos, afectivos y positivos con Julia. Le decían que comprendían que se sintiera muy mal, pero que, afortunadamente, cada día la veían un poco mejor. Intentaban darle ánimos, para que, poco a poco, ella adquiriera más seguridad en sí misma. Todos los días le ponían pequeñas tareas que la obligasen a salir fuera de casa, como, por ejemplo:
“Mamá, por favor, te agradecería mucho que mañana me llevases esto al banco; cuando yo termino de trabajar ya está cerrado”. Poco a poco, fuimos consiguiendo que hiciera una vida más normal. Su hijo llamó a sus amigas para que la “sacasen de casa”, pero por las buenas; animándola, diciéndole que sin ella se aburrían.
Durante los meses siguientes estuvo prohibido hablar de cosas tristes, o ver las noticias. Julia necesitaba ánimos, sentir que podía volver a disfrutar de algo, que la gente estaba contenta a su lado, que la querían y que por ello no la dejaban en paz y la medio engañaban para salir todos los días. Una vez me comentó: “Se creen que soy tonta y que no me doy cuenta de que se han puesto de acuerdo para hacerme salir todos los días; pero aunque me cuesta, reconozco que luego me siento mejor”.
En un par de meses Julia volvió a sonreír; al principio, apenas era un rictus forzado; luego, terminó siendo su característica risa contagiosa, incluso algo escandalosa; pero ahora a todos les sonaba maravillosamente bien.