Julio tenía 48 años, y desde hacía siete ocupaba un puesto de dirección en su empresa. Era el típico ejemplo de un profesional con una cualificación muy alta, que había realizado estudios de posgrado en Alemania y un máster en EE.UU. Se le daban muy bien los idiomas y dominaba el inglés, el francés y el alemán.
Ganaba mucho dinero, pero en su haber negativo tenía una ex esposa que, harta de estar sola, le había pedido el divorcio hacía cuatro años, y dos hijos, a los que durante mucho tiempo apenas vio. Ahora que parecía que podía vivir algo más tranquilo y se estaba reencontrando a sí mismo y a sus hijos, le acababan de hacer una oferta en su empresa para abrir una delegación en otro país. De nuevo se le habían roto sus actuales esquemas y se planteaba si le compensaba tanto esfuerzo.
Cuando vino a vernos, la primera impresión es que aparentaba diez años más que los que tenía en realidad. Para muchas personas, Julio era el máximo exponente de un profesional de éxito, pero él, con el paso del tiempo, se consideró un fracasado. Había perdido lo más valioso, el aprecio y el cariño de su familia.
Durante los últimos cuatro años había estado con tres parejas diferentes, y lo único que había conseguido era sentirse cada día más solo. Tras un divorcio difícil, en que su mujer le echó en cara que era una persona in- madura, ambiciosa y egoísta, que nunca debería haberse casado, pues solo había vivido para su trabajo, por fin estaba consiguiendo acercarse a sus hijos.
Según Julio, durante los primeros meses después de la separación él aún se- guía a piñón fijo, sin percatarse de lo que realmente había perdido. Le dolía más su orgullo herido que la vida vacía que tenía. Cometió el típico error de los padres separados que quieren “comprar” a sus hijos con regalos.
“El momento más duro de mi vida –nos contaba Julio– fue cuando mi hija de diecisiete años me miró un día fijamente, en presencia de su hermano, y con los ojos llenos de lágrimas, y la cara desencajada por el dolor, me dijo: ‘¡Qué mala suerte hemos tenido; todos creen que eres una especie de dios, y no saben que eres como un robot, sin corazón y sin sentimientos! ¡Aún sigues pensando que todo lo puedes comprar con dinero! ¿Cuándo entenderás que dinero es lo único que siempre nos has dado?. ¡Márchate con tus chantajes y tus chulerías y no vuelvas nunca!’ ”.
Mientras se iban, su hijo de quince años volvió la cabeza y remató la faena diciéndole: “¡No seas hipócrita, no te hagas el bueno y finjas que te importamos! ¡Menos mal que mamá no es como tú. Ella siempre nos ha escuchado, siempre ha estado ahí, interesándose por nuestras cosas, mientras que para ti nunca hemos existido!”.
A partir de esta conversación, Julio se propuso reconquistar a sus hijos, pero no lo tenía fácil. Estaban demasiado desengañados para creer que había cambiado de verdad, que había aprendido por fin lo que era importante en la vida.
Tuvo que tener mucha paciencia y mucha perseverancia para empezar a entrar de nuevo en sus corazones. Hacía unos pocos meses que la relación con sus hijos funcionaba mejor. Solo les veía cada quince días, pero disfrutaba cada instante que pasaba con ellos. Especialmente, su hijo se estaba abriendo a él, y le hacía las típicas confidencias de “hombre a hombre”.
“Creo que por fin están viendo en mí al padre que tanto echaban de menos, pero ahora que por primera vez habíamos planeado irnos los tres juntos un mes entero de viaje, me dicen en mi empresa que coja el petate y me marche al último rincón del mundo. ¡No es justo que me pasen estas cosas!”.
Antes de tomar una decisión tan importante, Julio quiso reflexionar, pues le horrorizaba equivocarse de nuevo. Por una parte, en la empresa cada día le presionaban más para que aceptase su nuevo des- tino. Por otro lado, se planteaba qué pintaba él a miles de kilómetros, renunciando de nuevo a lo que tanto le había costado rescatar.
“Creo que no merezco otro naufragio en mi vida –argumentaba Julio–, pero en la empresa tan siquiera consideran que pueda decir que no. Cuando les he dicho que me lo tenía que pensar, el presidente me ha contestado: ‘Pero si precisamente hemos pensado que tú eras la persona ideal por tu experiencia y tu facilidad de idiomas, pero también porque estás divorciado y no tienes ata- duras familiares’”
’¿Y mis hijos –le pregunté–, es que no te acuerdas que tengo hijos?’. ‘No me vengas ahora con esas, Julio –me contestó el presidente–, ¡ni que tus hijos fueran pequeños y estuvieran solos!’. Eso es lo que puedo esperar de mi empresa. No me dejaron ejercer de padre cuando eran pequeños, y ahora han decidido que son mayores para necesitarme”.
En este punto trabajamos intensamente para que Julio se imaginara todos los escenarios posibles, pero también para que se plantease internamente cuáles eran sus auténticas motivaciones y sus pensamientos más profundos.
Julio se obligó a reflexionar, y le costó hacerlo, pues en el área de los afectos y los sentimientos estaba muy desentrenado. Había dedicado poco tiempo a pensar y recapacitar sobre lo que realmente era importante en su vida.
Un día, después de una sesión agotadora, por fin tenía la respuesta muy clara: “A estas alturas de mi vida, ¿qué demonios pinto yo abriendo nuevos negocios en el último rincón del planeta? Para mi empresa será muy rentable, pero para mí es la ruina. Ya he pagado demasiados peajes. No me hace ninguna ilusión esta propuesta. Cuando me imagino allí, veo que desde el primer día sentiría que me había equivocado. No quiero volver a sentirme solo, sin mis hijos, sin los pocos amigos que tengo, sin lo único que me motiva en estos momentos”.
Julio comprendió que su decisión le pertenecía, que se había pasado muchos años sin ser dueño de su vida, que no había nada que justificase ese esfuerzo y que, además, una vez que uno se da cuenta de lo que pierde de verdad, “volver a la esclavitud es muy duro”.
Aunque le habíamos dicho que se preparase para una reacción adversa en su trabajo, se quedó muy sorprendido al ver cómo el presidente y el consejero delegado “le apretaron las tuercas”.
Intentaron presionarle por todos los medios; primero, aumentando su bonus y las condiciones económicas de su nuevo destino, y, finalmente, al ver que no le convencían, en actitud amenazante le dijeron que se lo pensara, que no aceptaban una respuesta tan desleal, que de persistir en su decisión “se abrían todos los interrogantes”, y que no contarían con él para nuevos proyectos.
Aún no había asimilado el impacto, cuando el presidente apostilló:
“Julio, parece que no eres consciente de que a la edad que tienes no vas a tener muchas opciones fuera de aquí, y tú estás acostumbrado a un salario muy alto. Yo, en tu lugar, lo pensaría”.
Pero después de este “consejo”, fueron el presidente y el consejero delegado los que se quedaron atónitos al escuchar la respuesta de Julio:
“Sé que estáis sorprendidos y lo siento. Entiendo que no os esperabais mi negativa y es lógico que así fuera, pues siempre he antepuesto el trabajo a mi vida, los intereses de la empresa a los míos propios.
”Es verdad que ahora mis hijos no son pequeños, y que siguen teniendo a su madre, como también es verdad que cada día me arrepiento más por haberles fallado a los tres. Me duele no haber sido padre y marido cuando me necesitaban.
”Me resulta incomprensible mi error. ¿Cómo pude perderme la infancia de mis hijos?; ¿cómo he podido tirar tantos años de mi vida sin vivir? Me siento fracasado cada noche, cuando veo mi rostro envejecido y contemplo mi soledad. Me doy cuenta que hay cosas que ya nunca recuperaré, pero me resultaría insufrible añadir el único error que ya no puedo permitirme: arruinar lo que queda de mi vida, tirar por la borda lo conseguido tras mucho dolor.
”Me resulta difícil ver la mueca que hay en vuestras caras, pero estad seguros que lo que me resultaría imposible sería volverme a perdonar, si, condicionado por vuestras palabras, os diera la respuesta que vosotros queréis.
”El sí a vosotros es un no a mi vida, y un hasta nunca a mis hijos. No creo que después de tantos años de entrega a esta empresa lo que me merezca sea una patada vuestra. Es verdad que ya no soy joven, dejé aquí mi juventud; es cierto que estoy acostumbrado a un salario alto, me imagino que ha sido el precio a tantos años de no tener vida propia, pero si ningún dinero puede pagar el haberme quedado sin familia, tampoco será el dinero quien me obligue a prostituirme a estas alturas de mi vida”.
Ante la cara estupefacta que aún tenían el presidente y el consejero delegado, Julio esbozó una sonrisa y se despidió diciéndoles:
“Bueno, aunque ahora me consideréis un desecho, para mí es difícil no daros un abrazo, pues siempre pensé que me apreciabais y me valorabais más allá de mi trabajo”.
“Por supuesto, Julio, siempre he dicho que eres un abogado muy elocuente” –exclamó el presidente, con una mueca indescriptible, que seguramente reflejaba la actitud tan patética que ambos habían tenido.
Julio emprendió el viaje que había programado con sus hijos. Disfrutó y se emocionó como nunca antes en su vida, sobre todo cuando el último día los dos le dijeron que se les había hecho muy corto, y que les daba pena que se hubiera terminado.
“Por fin has conseguido ser un gran padre” –le dijo su hija, mientras los tres se abrazaban en la despedida más emotiva que había tenido en su vida.
A la vuelta a su trabajo se encontró que lo habían cambiado a otro despacho más pequeño y peor situado, en la planta de abajo. Era una forma de mostrarle que había perdido peso en la empresa, pero no se atrevieron a echarle, seguramente porque pensaron que tenía demasiado ascendiente sobre los principales clientes de la compañía.
Cuando el compañero que ocupaba su anterior despacho le vio en la cafetería, no sabía cómo reaccionar, y le dijo un lacónico “lo siento”.
“No lo sientas –le contestó un Julio sonriente–, pero toma un desayuno fuerte, pues ahí arriba uno se desgasta mucho”.
Julio comprendió que hay esfuerzos que no compensa realizar, si al final disminuye la propia calidad de vida.
Hay esfuerzos que no tienen justificación, si los sacrificados son nuestros seres queridos. Y hay esfuerzos que son inhumanos, si nos impiden respirar y vivir cada día.