El caso de Clara

Cuando defender nuestros principios nos crea problemas

Clara era una persona reflexiva y sensible, generosa e inteligente, de mediana edad y buen nivel intelectual, que lo había pasado mal, muy mal por defender sus ideas en su trabajo.

Le pregunté a Clara si estaba de acuerdo en que “creer en ti te hará una persona libre”. Su respuesta fue rápida: tiene claro que sólo por el hecho de creer en uno mismo ya se es libre, “aunque es muy difícil defender tu libertad en un entorno donde se premia la mediocridad y el servilismo”. A Clara ese estrés le costó una enfermedad que, afortunadamente, superó gracias a que recibió un buen diagnóstico y el tratamiento adecuado, y que en todo momento contó con el apoyo incondicional de sus seres más queridos: familia, amigos… Clara defiende que para ella fue crucial el afecto también del equipo médico que la atendió y que siempre creyó en ella y en su posibilidad de curación.

Nuestra amiga, aunque le resultó muy difícil y pagó por ello un alto precio, se sintió muy bien y en paz consigo misma con la defensa que en todo momento hizo de sus principios y valores. Creyó tanto en ella que no dudó en elevar y defender, por encima de su jefe directo, sus ideas y buenas prácticas en su trabajo, y le resultó muy reconfortante el reconocimiento último que finalmente obtuvo por las instancias más altas de su organización.

Al cabo del tiempo, un día, a modo de conclusión me dijo: “La libertad no tiene precio, yo pagué por ello, pero no podría haber vivido en contra de mis principios; no me habría perdonado dejar de creer en mí, porque habría dejado de ser yo misma, una persona auténticamente libre”.

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